jueves, 2 de junio de 2011

EL CUENTO DE LAS PRINCESAS QUE BESARON SAPOS.

Las mujeres creen básicamente en dos tipos de hombres: los príncipes y los sapos; y los hombres piensan que existen las princesas y las brujas, y a las segundas las conocen después de casarse, pero ninguno se da cuenta de que lo que existe en realidad es: simplemente seres humanos, y que ambos buscan lo mismo: la felicidad.
El error fundamental de algunas mujeres es que dentro de su sistema de creencias sigue muy arraigado el mito del príncipe azul que llegará a su vida a hacerlas felices, que en la vida real significaría lo siguiente: conocen un hombre que  las conquista con los detalles típicos, se dejan llevar en este romance idílico, en donde él tiene los atributos del mejor de los príncipes, que las hace sentir bien, las hace sentirse amadas, pero luego se casan, lo conocen y el príncipe se vuelve sapo (aunque tal vez siempre lo fue).
La mujer le permite básicamente todo al hombre porque siendo un “príncipe” y siendo el encargado de hacerlas felices ¿cómo no va a saber lo que una mujer necesita? ¿Cómo el llegaría a dañarla si la ama tanto? Y si el amor es el remedio mágico que hace que todo “suceda”  y ellas tienen al príncipe y al amor, entonces nada puede salir mal, ¿qué de malo tendría dejarse llevar ciegamente? Pero la mujer no se hace responsable de su propio cuento de hadas, de su propia vida.
En este caso se necesita de una princesa que se quiera y que sepa lo que quiere para su vida, que sepa lo que necesita de una pareja y para eso no existe un molde, cada mujer es diferente y cada una tiene necesidades diferentes, sin embargo todas coinciden en necesidades básicas de cuidado, respeto y amor. 
Cuando una mujer es conciente de sí misma sabe lo que quiere y hacia dónde va, sabe reconocer a la persona que necesita a su lado, sabe dirigir su relación hacia condiciones esenciales de amor, cuidado y respeto. Hablamos de dirigir una relación, no de manipularla, puesto que al final ella como mujer realizada quiere a un hombre pleno y realizado a su lado, y buscará que en la relación existan las bases para que ambos lo consigan.
Cuando uno de los dos conoce el camino, el otro, que le ama le seguirá con confianza. Qué mejor sería que hombres y mujeres supieran hacia dónde van y lo que necesitan para recorrer un bello camino; sin embargo, siempre es preferible que uno de los dos lo sepa y ayude al otro en ese camino oscuro.
Nadie te va a hacer feliz, la felicidad es un estado interior que depende únicamente de ti. A menudo, la mujer le otorga al hombre la responsabilidad de darle el amor que ella no se da a sí misma, pero si la mujer se amara a sí misma de manera incondicional, en primer lugar no le abriría la puerta a cualquiera que dijera amarla, no lo esperaría y le aceptaría con vehemencia y locura.
Ahí es donde inicia mal el cuento, porque el hombre sin importar cómo sea o lo que haga, ya está aceptado con anticipación, puesto que trae a su vida lo que ella por descuido o ignorancia no se ha dado.
Luego ya comenzada la relación,  la mujer –que no se conoce y no sabe lo que quiere y necesita-, se deja llevar por lo que él haga, o quiera, ignora que tiene derecho a ser ella misma, a elegir y decidir lo que necesita, y que su participación dentro de la relación puede hacer la enorme diferencia, que puede establecer sanos y amorosos límites, respondiendo al amor que siente hacia ella misma.
Ignora que nadie mejor que ella puede cuidarla, puesto que ella se conoce y conoce las condiciones que necesita para sentirse amada y segura, y que esas mismas condiciones ella se las tiene que proveer estando sola (o mejor dicho: con ella misma o acompañada por ella misma) o acompañada por otro.
En una relación hay que realizar acuerdos en los que los dos tienen que ceder en ciertas cosas, pero la mujer está acostumbrada a que eso significa dejar de ser ella misma, abandonarse, para cuidar del otro, proveerle las condiciones necesarias para que “el otro” se sienta amado y seguro; no se da cuenta que con eso le concede un poder absoluto al hombre para hacer y deshacer, puesto que acostumbra al hombre a creer que sus “necesidades” (estas entre comillas porque hablamos aquí de un hombre que, al igual que esta mujer no se conoce a sí mismo)  son prioritarias y que son prioridades que hay que atender, pero que al hacerlo la mujer queda resentida, ya que considera que él debería ser lo suficientemente “consiente” como lo es ella, y atender de la misma forma sus necesidades, pero como esto no sucede se ubica la mujer en un perpetuo resentimiento.
Aquí se trata de que la mujer sea conciente de sus propias necesidades, de que no se abandone, ni que responsabilice al otro de las mismas, y que comience a valorarlas y a priorizarlas, puesto que ambos tienen que ser responsables, cada uno de sí mismos.
La mujer cree que las relaciones inician cuando tiene a un hombre a su lado, y esto es un error fatal, porque “ella ya tiene una relación”, y esta puede ser la mejor, la más bella, la más profunda y duradera que tendrá jamás en su vida: la relación que tiene consigo misma.
Saber relacionarte contigo misma es la clave para después saberte relacionar con los demás. La forma en la que te hablas, como te cuidas, como pasas el tiempo a solas (o mejor dicho, contigo misma), como hablas de ti, determinará mucho tu forma de relacionarte con el mundo y con tu pareja.
Si sabes perdonarte, si tienes palabras de amor para ti y no sólo para los otros,  si te escuchas, si te tomas en cuenta, si te tomas en serio, si sabes hacerte ligera la vida, si sabes respetar tu espacio, si sabes proveerte de un ambiente agradable y ordenado, si eres capaz de soñar alto, si te sabes merecedora de tus sueños, si confías en ti lo suficiente como para responsabilizarte de tu vida y tu felicidad, si logras hacer todo eso entonces te aseguro que tendrás una gran relación contigo misma, y de esta manera podrás despreocuparte por los sapos que anden por ahí en el charco, ya que nunca más se te acercarán, el que se acerque a ti será un príncipe, y sabrás reconocerlo de inmediato, porque si te conoces a ti misma podrás conocer a los demás.

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